(Opinión) El clamor de mis hermanos indígenas

Caracas, 28 de noviembre de 2019
Por Nasbly Kalinina
@nasbly
Está amaneciendo y la densa neblina no me permite ver bien el horizonte, disfruto del frío natural a pesar de que no me gusta, me siento en el cielo mientras escucho el sonido del agua desde la imponente cima. El Salto Ángel, conocido como la cascada más alta del mundo, fue el lugar escogido por la reina María Lionza, mi madre indígena, para verme. Estaba nerviosa, tenía mucho tiempo sin saber de ella aun así logré reconocerla, demasiado bella, percibí su ternura y amor, su deseo de protección infinito hacia mí, su hija adoptiva. Al vernos sentí un escalofrío, sabía que su llamado no era para darme buenas noticias, por lo que fui a su encuentro tan pronto pude.
Teníamos tanto que decirnos, pero tan poco tiempo, que enseguida rompió el silencio y me dijo: “mira a tu alrededor la grandeza de la creación del Padre, ¡es extraordinaria! Pero algunos quieren acabarla por ambición como ya han hecho con unos indígen as locales… Ven, quiero presentarte a alguien, a un hermano de la etnia Pemón, quienes fueron los primeros habitantes de estas tierras mucho antes de que llegara Colón. Él es Charly Peñaloza, abatido el 8 de diciembre de 2018 por un comando de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM)”
Le sonreí y lo saludé con la mano con mucha nostalgia, al momento de su muerte apenas tenía 21 años, y cuando nos encontramos se veía muy preocupado y atormentado: “nos están matando, quieren destruirnos por el diamante y el oro que hay en nuestras tierras, mi asesinato apenas fue el comienzo, recuerda la masacre de febrero en Kumarakapay de este año y ahora la del 22 de noviembre en Ikabarú, en la que van 8 víctimas conocidas, pero son más. Fueron 3 horas de disparos en las cuales la guardia no intervino, un menor de edad entre los caídos y un hermano de nuestra etnia. Aún no han presentado un informe oficial ¡Nos quieren destruir por el Arco Minero!” Sentenció con mucha rabia.
Ikabarú es una comunidad mixta en la que conviven los indígenas con quienes no lo son, conocidos como criollos, que se dedican a actividades comerciales y mineras. Para llegar al lugar hay que ir por una carretera en que se encuentran muchas alcabalas por lo que no se explica cómo pudieron llegar personas armadas al pueblo sin ser detenidos por la guardia.
De repente, interrumpió una voz muy bien conocida exponiendo: “El artículo 119 de mi Constitución establece: <<El Estado reconocerá la existencia de los pueblos y comunidades indígenas, su organización social, política y económica, sus culturas, usos y costumbres, idiomas y religiones, así como su hábitat y derechos originarios sobre las tierras que ancestral y tradicionalmente ocupan y que son necesarias para desarrollar y garantizar sus formas de vida…>>”. Al voltear me pareció increíble encontrarme con él en aquel lugar y bajo aquellas circunstancias, me miró a los ojos y entendí que se hallaba en un profundo e indescriptible tormento por lo que él mismo había iniciado: una guerra entre hermanos por una avaricia insaciable.
A aquel extraño encuentro también llegaron los recién fallecidos en Ikabarú que fueron reconocidos por las personas de la comunidad: el Sargento de la GNB Antonio José Perera Flores de 46 años, el menor de edad Máximo Jeremy Muñoz Solano de tan solo 17 años, Luis Alejandro Fernández Gómez de 28, Richard Antonio Rodríguez Galvis de 30, Leslie Ezequiel Basanta de 33, el indígena pemón Edison Ramón Soto Suárez de 47, Cristian Ruiz Barrios y Cristóbal Ruiz Barrios. Los dos últimos no me dijeron su edad así que preferí no preguntar. Todos tenían en común una gran sed de justicia y me pidieron que ayudara al herido Johnny López de 25 años. “No lo dejes morir;” me dijeron, como si tal cosa estuviera en mis manos, pero luego entendí que a lo que se referían era a que no me callara, que contara lo que estaba pasando con su etnia, que también es mía porque son mis hermanos.
La reina se me acercó, me dio un beso tierno de madre, me recordó que en mi misión no estaba sola porque desde el cielo una gran corte celestial guiaba mis pasos y en la tierra contaba con el apoyo de Alfredo Romero y Olnar Ortiz quienes me ayudarían a superar mis miedos y gritarle al mundo lo que mis pemones están sufriendo, incomunicados y a merced de que los sigan masacrando si no alzamos nuestras voces a tiempo.
#RespetoAlPuebloPemón
#QueSeHagaJusticia

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